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Cultura

La leyenda de la Capilla del Diablo en San Ignacio, Sinaloa

El estado de Sinaloa está llena de historias, leyendas y figuras icónicas, y San Ignacio cuenta con una de las más importantes: La capilla del diablo.

Por Victoria Herrera

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Sinaloa.- El municipio de San Ignacio cuenta entre sus historias con una leyenda que se ha convertido en la memoria colectiva de su gente en una de los mayores enigmas que rodean a la ciudad, conocida como la capilla del diablo.

Desde el momento en que se va entrando a San Ignacio, a cien metros del crucero que conduce a la sindicatura de San Juan, sobre una pequeña colina se encuentra una sombría campiña, se puede observar en lo alto una descuidada capilla blanca que se encuentra a la vista de todo el que pasa, abandonada a la suerte y voluntad de Dios. Esto es debido a que se dice que en ella habita el mismísimo diablo. 

La historia se remonta hacia mediados del siglo XIX, donde la ambición de un mercader, don Bernardo Escobosa, quien trajo consigo telas, espejos, perfumes y muchas mercancías costosas, lo llevaría a cometer la más grande locura de su vida: pactar con Lucifer su alma a cambio de todas las riquezas que este pudiera obtener.

Se dice que desde entonces el mercader nunca dejó de ganar y acumular más y más tesoros. Todo mundo lo sabe y se conoce bien que un pacto hecho con el de abajo puede que siempre se cumpla, pero nunca exactamente como lo deseas y mucho menos a un precio bajo. Sin embargo, a don Bernardo parecía funcionarle, pues era reconocido por todo mundo en la ciudad y el municipio e incluso de más allá. El mercader incluso llegaba a intercambiar mercancía con los mineros de Piaxtla, quienes le terminaban entregando el oro a cambio de productos. El precioso metal terminaría en sus manos para volverlo cada vez y cada vez más rico. 

Un precio que pagar

Sin embargo, lo que parecía ser el más grande logro para cualquiera terminó en nada para don Bernardo, quien acabaría por fallecer, como todo ser humano que pisa esta tierra. Sus familiares quisieron llevar su cuerpo en un día que parecía no tener sol, pues las nubes se arremolinaron y encapotaron en el cielo como pocas veces la gente había visto ese día. A pesar de ello, la familia del mercader quería cumplir con su misión: darle santa sepultura al pobre difunto.

Con lo que no contaban es que al momento de ir a medio camino hacia el cementerio de la ciudad un fuerte viento arremetería contra ellos y el ataúd que llevaban cargando con sus propias manos terminó volando por los aires cayendo en la cima de uno de los cerros aledaños. La sorpresa de los presentes no podía ser más grande, pues les parecía imposible que un simple viento, por más fuerte que fuera, pudiera arrojar con tanto ahínco un objeto tan pesado con el ataúd que llevaban. No obstante, fue cuando uno de los parientes pudo recordarlo: lo que se contaba de don Bernardo. Entonces, todo pareció tener sentido y al momento de mencionarlo un escalofrío pasó por el cuerpo de todos los ahí presentes. No pudieron más y huyeron del lugar. Querían a su familiar, pero sabían que no podían hacer nada para darle santa sepultura si lo que los rumores decían era cierto y que por lo visto aquel fenómeno sin precedentes les había develado.

A pesar de todo lo ocurrido sentían que le debían algo, pues de varios había sido benefactor, por lo que decidieron al final, si bien no mover el ataúd por el miedo, sí construir una pequeña capilla que pudiera proteger al féretro de las inclemencias. Ya nunca nadie pudo visitarlo, pues la sombra que pesaba sobre lo ocurrido y toda la riqueza del mercader fue demasiado para cualquiera.

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La capilla quedo ahí, sola, en medio de la nada, donde ni un alma quiere acercarse, donde hasta la fecha no hay quién no reconozca la forma y figura de la construcción en lo alto del cerro y la vea con cierto temor y respeto. Pues se cree que ahí, donde habita el cuerpo del difunto, también habita el alma del diablo.

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