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Opinión

La transición en Estados Unidos: El fin de la banalidad

El miércoles 20 de enero marcó el fin de la época de Donald Trump, tanto como presidente de los Estado Unidos como líder de un movimiento sociocultural.

Por Everard Meade

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Estados Unidos.- La parte formal —la transición presidencial— por fin queda clara. A pesar de más de 60 pleitos legales sin éxito, una campaña tenaz de cuestionar a los resultados y un rechazo terco de facilitar una transición suave, Donald Trump cedió el paso.

El Congreso de Estados Unidos reconoció formalmente a los resultados, y Joe Biden y Kamala Harris tomaron posesión de sus cargos.

La parte sociocultural no queda tan clara

Por un lado, la elección de Kamala Harris en particular es histórica —significa el aplastamiento de toda una serie de barreras culturales y sociales— 101 años después de que la enmienda 19 reconoció el derecho de votar de la mujeres, 67 años después del fin de la exclusión de migrantes asiáticos (1954), 57 años después de que el Acta de los Derechos Civiles (1964) eliminó le segregación racial legal, 37 años después de la primera candidatura nacional de una mujer para la vicepresidencia (1984) y 12 años después de la inauguración del primer presidente afroamericano (2009) —tenemos una vicepresidenta de los Estados Unidos, quien es una mujer afroamericana, de origen asiático e hija de inmigrantes—.

Además de ella, el gabinete de Biden es el más diverso en la historia de la República, y la selección de ponentes en la inauguración fue una reflexión esperanzadora de esta ética de inclusión.

"El amanecer es nuestro", dijo Amanda Gorman, la poeta inaugural más joven en la historia del país. Escuchando a ella —sabia y segura, negra y bella— sería difícil no ser optimista por el futuro de nuestra democracia multicultural.

Pero ella también nos dio un aviso: "El silencio no siempre significa la paz". Por un lado, implica un reconocimiento de la resiliencia de las poblaciones cuyos derechos como seres  humanos y miembros de nuestra comunidad han sido denegados —sufren en silencio—. Por otro lado, nos urge recordar que a la misma vez que aplaudimos los logros de una trayectoria de décadas, la historia más reciente es de otra índole.

Es la historia que nos dio un Washington totalmente militarizado, con miles de banderas en lugar de ciudadanos en la plaza nacional, y un ambiente de sitio más que celebración.

Sólo 14 días antes de esta inauguración histórica, una turba rabiosa asaltó el mismo escenario e invadió al capitolio en un torrente de gritos y símbolos de odio. A saldo de cinco vidas y docenas de heridos, saquearon galerías y oficinas, insultaron y asaltaron a policías, amenazaron las vidas de los legisladores y su personal, robaron arte e inmuebles, y vandalizaron lugares sagrados.

Incitados por el presidente, motivados por la repetición constante de acusaciones infundadas de fraude electoral por líderes y medios sin escrúpulos, llegaron con ganas de interrumpir el proceso de certificar los resultados estatales de la elección presidencial, con la falsa impresión de que fue algo más que un acto ceremonial.

Algunos policías resistieron con valentía a la turba, pero otros les dejaron pasar y algunos hasta tomaron selfis con los asaltantes —al contrario del tratamiento de los manifestantes pacíficos de Black Lives Matter hace unos meses—.

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Esta actitud de que no habría consecuencias es una destilación de todo el movimiento popular detrás de Trump y la realidad alternativa que ocupa.

La época de Trump empezó con una mentira —de que Barack Obama no era ciudadano de nacimiento y, entonces, era inelegible para ser presidente—. Pero se convirtió en un movimiento masivo gracias a su propuesta de construir un muro en la frontera con México (para la cual México pagaría). La ficción maestra era que, en una época con la tasa más baja de migración indocumentada en 40 años, EUA era inundado de migrantes pobres y sucios de otras razas e invadido constantemente de criminales del sur.

Esta realidad alternativa se basa en la banalidad —la presunción— de que las cruzadas culturales emprendidas por Trump y sus aliados siempre tienen pocas consecuencias para sus seguidores. Para la mayoría de ellos, la violencia es virtual y el sacrificio simbólico.
Los videos y testimonios del asalto lo demuestran —y el hecho de que autopublicaron tantas imágenes y notas que les han incriminado—. Los asaltantes hablaron de hacer una "insurrección", una "revolución" llevando banderas y símbolos de la Guerra de Independencia de 1776 (y otras más).

Pero también llegaron a Washington con boletos de vuelta, planes de visitar lugares turísticos y la expectativa de regresar a sus casas, sus trabajos, sus pasatiempos sin ninguna interrupción. Es decir, plantearon hacer una "revolución" como actividad vacacional, sin ningún sacrificio, mucho menos de ser aprehendidos, encarcelados o hasta muertos.

Y ahora viene la realidad —cientos han sido arrestados con cargos que implican largas condenas, la pérdida de sus trabajos y la humillación pública—. Son sacrificios plenamente inesperados y la mayoría de los seguidores de Trump no están dispuestos a repetirlos. Combinado con la falta total de una ideología, más que el hombre fuerte con un lujo de prejuicios, esta falta de compromiso significará el fin del movimiento.

A nivel político, la pandemia impuso la última realidad sobre los mitos y mentiras del movimiento.

A nivel sociocultural, fue la turba y un espectáculo que capturó el enfrentamiento terrible entre la banalidad del movimiento y el daño real que forjó. Ya no será movimiento de masas. Pero la victoria no era contundente, la reconciliación queda incompleta y el peligro no ha pasado.

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El extremismo y la violencia política no necesitan un movimiento de masas —tenemos ejemplo terribles como Patrick Crusius, quien mató a 23 personas de origen mexicano en un Walmart en Paso, TX, en 2019, después de publicar un manifiesto antiinmigrante, dando eco de la retórica de Trump—.

El mensaje en este nuevo amanecer nos dio capellán de Senado la noche del asalto: "El poder de la vida y la muerte está en la lengua".

Mexicanos en EUA

Más del 97 por ciento de los mexicanos en el exterior se encuentran asentados en Estados Unidos.

El Dato

Historia 

Durante la década 1980-1990 hubo un flujo migratorio de entre 2.10 y 2.60 millones de mexicanos hacia EUA; y en los 90, más de 3 millones. Con un promedio anual de 300 mil inmigrantes.

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