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Opinión

Del sur de Sinaloa para el mundo: Rosario y el servicio exterior

EL ANCLA

Por Luis Enrique Ramírez

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La inconfundible cuanto sapiente voz de don Juan S. Millán se escucha en el teléfono de un servidor, para privilegio propio y de nuestros lectores. Con el embajador Enrique Hubbard Urrea a su lado, el exgobernador nos ilustra: el municipio de Sinaloa que mayor número de embajadores de México ha procreado es Rosario, tierra natal de los dos personajes en mención. Desde luego que tenemos presente, en la memoria inmediata, la figura del maestro Hubbard (académico, escritor, traductor y miembro del Servicio Exterior en retiro, con rango de embajador), quien encabezó las misiones diplomáticas de nuestro país en Belice (1996-2001) y en Filipinas (2001-2004).

Pero su nombre viene precedido por el de don Carlos I. González Magallón, quien tras culminar su educación básica en El Rosario emigró a la Ciudad de México para cursar estudios universitarios y, posteriormente, desempeñar cargos diplomáticos en numerosos países desde 1965, incluido el de embajador, entre 1996 y 1999, de la entonces República Federal Yugoslava (hoy Serbia), en medio de la crisis derivada de la Guerra Fría y hasta su culminación. Incluso, recibió los más altos honores de España por haber defendido sus intereses como nación, junto con los de México, en tan borrascosa era.

Antes, don Francisco Apodaca y Osuna, también rosarense, fue embajador de México en Nicaragua (1965-67), en Finlandia (1967-70), en Líbano (1970-75) y, mientras se desempeñaba en este último cargo con sede en Beirut, también lo extendió a la República Árabe (1973-76) y a Chipre (1974). Así de clave fue su misión para el servicio exterior mexicano en aquellos complicados tiempos. 

Pero la historia de los embajadores “chupapiedras” (como se autodenominan los oriundos de Rosario, en alusión a la riqueza mineral de su municipio) comienza en la primera mitad del siglo 20, con una figura injustamente olvidada, pese a que fue un factor central en la reconstrucción del México postrevolucionario, lo mismo en el ámbito financiero que en el académico y en la relación de nuestro país con el resto del mundo. Fue embajador de México en Estados Unidos de 1945 a 1948, pero antes desempeñó una tarea de primer orden para cimentar el actual sistema económico nacional. Recomendamos consultar en internet el ensayo Antonio Espinosa de los Monteros y el Banco de México, escrito por Elena Soto Vargas en 2019 para el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. 

Son, así, cuatro los rosarenses que han puesto en alto el nombre de Sinaloa en el Servicio Exterior. 

De Mazatlán, han sido nombrados, a la fecha, tres embajadores: Genaro Estrada Félix, en España (1932); Rodolfo González Guevara, también en España (1983-87), y Emilio Goicoechea Luna, en Canadá (2007-2009).

Solo un municipio del norte de Sinaloa, uno del centro y otro del Évora, han dado, cada uno, un embajador: Ahome, con Francisco Labastida en Portugal (1993); Culiacán, con Sergio Ley López en Indonesia (1997-2001) y en China (2001-2007); y Salvador Alvarado, con Heriberto Galindo en Cuba (2000-2001).

El duelo de sinaloenses ilustres en la diplomacia mexicana está, pues, entre “chupapiedras” y “patasaladas”.

Hasta hoy llevan el gane los primeros, pero dentro de unos meses el gobernador Quirino Ordaz Coppel dará el empate al bello puerto, una vez que, culminada su actual Gestión estatal y tras la ratificación de su nombramiento por el Senado de la República, se convierta en el cuarto mazatleco que alcanza una embajada, la de España; la segunda en importancia para México, después de la de Estados Unidos, nos confirma una fuente incuestionable: ese sabio hombre de Estado y profundo conocedor de nuestra historia política y social que es don Juan S. Millán.

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