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Opinión

Regreso

EDUCACIÓN, HOY

Por Marcos Miranda Gil

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Regresar es ir al lugar de donde se ha salido… significa también volver al lugar de donde se partió. Los regresos, sobre todo cuando son voluntarios, son inolvidables. Dejan huella más profunda que los adioses porque están impregnados de gozo anticipado y expectativas cercanas a la fascinación propias del reencuentro con algo o alguien suspendido en el tiempo y en el espacio. Abrir de nuevo una puerta perfumada de sensaciones de calidez, bienestar, armonía o entusiasmo es siempre aproximarse al cumplimiento de una promesa anhelada y una garantía de cordialidad y beneplácito. Por eso los regresos a clases son tan recordados… tan esperados… tan apreciados. Simbolizan la posibilidad de seguir creciendo en un espacio diferente al hogar, pero semejante al mismo con la diferencia de que los lazos de unión y comunicación ya no serán entre rostros y actitudes familiares, sino entre individuos conocidos pero distintos a nosotros. Los retornos a clase no empiezan el primer día oficial… inician diez o quince días antes; tanto para los alumnos como para los maestros y padres de familia. Los días previos envían mensajes claros de preparación y ajustes para los involucrados. Este ciclo escolar, inaugurado oficialmente ayer, cobra mayor interés que cualquiera de los últimos treinta años. Se da después de casi veinte meses de la última sesión presencial y después de toda una experiencia inesperada en familia y de un aislamiento social obligatorio.

Los regresos son virtuosos porque nos permiten hacer un corte de caja instantáneo sobre lo que teníamos y a veces no veíamos. Casi siempre son saludables. El que inició ayer también deberá serlo. 

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